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El futur ja no és el que era

Francesc Torres

El futur ja no és el que era

17 Sep - 27 Nov 2026

Hay títulos que describen una exposición y otros que funcionan como un diagnóstico. "El futur ja no és el que era" pertenece a esa segunda categoría. No habla únicamente del tiempo por venir, sino de la pérdida de confianza en la idea misma de progreso. Durante décadas la modernidad sostuvo la promesa de que cada generación viviría mejor que la anterior, de que el conocimiento desplazaría a la superstición, la democracia al autoritarismo y la memoria impediría la repetición de los grandes desastres de la historia. Hoy contemplamos ese relato con la misma mezcla de incredulidad y melancolía con la que se observan las ruinas de una arquitectura levantada para durar eternamente. Sin embargo, las ruinas no son el final de la historia, son el lugar donde esta continúa escribiéndose.

La obra de Francesc Torres siempre ha habitado ese territorio. Desde hace más de cinco décadas su trabajo ha rechazado cualquier lectura lineal del tiempo para proponer una arqueología del presente. Sus obras no hablan del pasado porque este haya concluido, sino precisamente porque permanece activo. La historia nunca desaparece; cambia de superficie. Se infiltra en los lenguajes políticos, en las imágenes, en los monumentos, en los objetos cotidianos y también en nuestras biografías. Cada época cree inaugurar un mundo nuevo mientras continúa administrando las mismas pulsiones que heredó de las anteriores. Quizá por eso la memoria no ocupa en Torres el lugar de la nostalgia, sino el de la sospecha.

Recordar no significa conservar, significa revisar críticamente aquello que seguimos aceptando como natural. Las democracias contemporáneas conviven con mecanismos de exclusión que creíamos superados; el desarrollo tecnológico multiplica nuestra capacidad de producir imágenes mientras reduce el tiempo dedicado a interrogarlas; los viejos nacionalismos reaparecen disfrazados de nuevas retóricas; la propaganda ha sustituido los grandes altavoces del siglo XX por algoritmos mucho más eficaces. Cambian los dispositivos, pero apenas cambian las estrategias. La historia posee una extraordinaria capacidad para reciclarse.

En este sentido, las obras reunidas en "El futur ja no és el que era" no constituyen un inventario de acontecimientos históricos ni una autobiografía visual. Funcionan como un sistema de relaciones donde la experiencia individual y la colectiva dejan de ser categorías independientes. Hopper dialoga con los copistas chinos de Dafen; un avión de la Legión Cóndor sobrevuela las incertidumbres del presente; la máscara mortuoria de Toro Sentado interpela al capitalismo contemporáneo; una consigna nacida en una manifestación contra las políticas migratorias estadounidenses adquiere la contundencia de un lema universal; un diccionario enciclopédico atravesado por disparos certifica el final de un mundo mientras otro todavía no termina de nacer. Nada aparece aislado porque nada existe aislado.

Dos de las piezas destacadas de la exposición son ‘Viatjant amb la família’ y ‘Don’t make art unless it is absolutely necessary!’. La primera de ellas, ‘Viatjant amb la família’, representa una síntesis de toda una vida dedicada a pensar el mundo desde el arte. El propio Francesc Torres ha afirmado que es una obra "que sólo era posible hacer ahora", y esa afirmación resulta decisiva para comprenderla. No se trata únicamente de una revisión autobiográfica, sino del momento en que la experiencia individual alcanza suficiente espesor para confundirse con la historia colectiva. En esta gran instalación convergen el padre como primer maestro, la memoria familiar, la Guerra Civil, la dictadura, la cultura material de la posguerra, la evolución humana, la violencia, la educación sentimental y la propia construcción del artista como sujeto político. Todo aparece ensamblado como un inmenso estrato arqueológico donde los acontecimientos personales dejan de pertenecer exclusivamente a quien los vivió para convertirse en una reflexión sobre la transmisión de la memoria y la formación de la conciencia. Torres no organiza aquí un relato retrospectivo; convierte la biografía en un método para interrogar la historia. La familia a la que alude el título no es únicamente la suya, sino la de todos aquellos que compartimos una misma genealogía cultural y antropológica. La obra acaba proponiendo una idea profundamente humanista, comprender quiénes somos exige aceptar que toda identidad es siempre el resultado de una larga cadena de herencias, conflictos y relatos superpuestos que continúan viajando con nosotros.

Por su parte, ‘Don’t make art unless it is absolutely necessary!’ condensa una de las cuestiones esenciales que atraviesan toda la trayectoria de Francesc Torres, la legitimidad de la práctica artística. El enunciado, formulado con la contundencia de un imperativo moral, trasciende la provocación para cuestionar la inflación visual de nuestro tiempo, donde producir imágenes parece haberse convertido en un gesto automático. Torres devuelve al arte la gravedad de aquello que sólo encuentra su justificación cuando responde a una necesidad auténtica de conocimiento. La pieza dialoga inevitablemente con Duchamp, no para reiterar la cómoda lectura según la cual cualquier objeto puede ser arte, sino para desmontar precisamente esa banalización que ha acompañado durante décadas a su legado. El arte deja de entenderse aquí como un territorio de legitimación institucional para recuperar su condición originaria, un instrumento excepcional con el que enfrentarse a aquello que todavía no sabemos nombrar. En un tiempo dominado por la producción constante de contenidos, Torres reivindica la responsabilidad de producir sentido.

La práctica artística de Francesc Torres ha entendido siempre que la realidad es un entramado de capas superpuestas donde política, antropología, literatura, ciencia, guerra, humor y experiencia personal forman parte del mismo tejido. Cada pieza constituye una entrada posible al relato, pero ninguna agota su significado. Como ocurre con la memoria, el sentido no reside en un fragmento concreto sino en las conexiones que somos capaces de establecer entre unos acontecimientos y otros.

Hay en esta exposición una voluntad explícita de cuestionar los grandes consensos contemporáneos. También una defensa de la inteligencia frente a la simplificación. En tiempos donde la velocidad de circulación de las imágenes supera con mucho nuestra capacidad para interpretarlas, Torres insiste en que mirar sigue siendo una actividad intelectual. La obra no ofrece respuestas; exige espectadores dispuestos a hacerse preguntas.

Quizá ahí resida hoy la verdadera dimensión política del arte. No en ilustrar ideologías ni en proporcionar certezas morales, sino en introducir complejidad allí donde el discurso público necesita reducirlo todo a consignas fácilmente consumibles. Frente al espectáculo permanente, Torres reivindica la duda; frente a la épica de las identidades cerradas, la conciencia de nuestra condición híbrida; frente a la comodidad de los relatos únicos, la convivencia conflictiva entre memorias diferentes.

Después de más de treinta y cinco años sin presentar una exposición en una galería de Barcelona, Francesc Torres regresa a la ciudad donde comenzó su trayectoria. Lo hace después de recibir el Premio Velázquez y cuando su obra forma parte, desde hace décadas, de la historia internacional del arte contemporáneo. Pero lejos de ofrecer una lectura retrospectiva o celebratoria, el artista vuelve para insistir en aquello que siempre ha defendido, que el arte no sirve para confirmar nuestras convicciones, sino para ponerlas en crisis.

Porque el futuro, efectivamente, ya no es lo que era. Tal vez nunca lo fue. Pero sigue dependiendo de nuestra capacidad para comprender las capas del pasado que todavía lo sostienen, contra las dinámicas de vaciamiento y deseducación que tensionan nuestro presente.

José Luis Pérez Pont